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Un cuento.

Estándar

Recuerdo con una enorme claridad cuando yo era pequeña, debía tener unos 4 o 5 años, y estando ya acostada en la cama le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿Tu crees que alguna vez tendré un caballo con alas?
-Si lo deseas mucho, mucho, seguro que sí. – me respondió.

Nunca tendré palabras de agradecimiento suficientes para mi madre, por educarme en la responsabilidad, en la libertad, en la perseverancia y también y sobre todo en la creencia de que, con mucho amor, los sueños se cumplen si uno lo desea mucho, mucho.

Ella me regaló un libro hace unos años del que puede que hayas oído hablar. Se titula “Veintitrés maestros, de corazón. Un salto cuántico en la enseñanza”. Su autor es Carlos González Pérez, al que ella admira mucho, y con razón. Puedes comprar su libro, o descargarlo gratuitamente en su web, y seguir sus talleres y conferencias repletos de sabiduría en la misma.

En su libro, y en uno de sus vídeos relata un cuento maravilloso que aquí te transcribo:

“Érase una vez tres gusanos de seda que ignoraban su futuro como mariposas. Sus nombres eran: Pesimista, Realista e Idealista. Se les acercaba la hora de su transformación y empezaron a sentir los primeros síntomas….

Su voraz apetito fue desapareciendo, su movilidad menguaba a gran velocidad y, finalmente, sintieron como el capullo les aislaba del mundo conocido, de la seguridad de lo cotidiano. En la oscuridad del misterio de su futuro, tuvieron pensamientos distintos:

Pesimista se dijo a sí mismo que estaba viviendo el final de su vida, y en lo más profundo de su sentir, se despidió de los buenos momentos.
Realista se dio ánimos diciéndose que todo aquello sería momentáneo y que, tarde o temprano, todo volvería a la normalidad.
Idealista sintió que, aquello que le estaba ocurriendo, podría ser la oportunidad para que se cumpliese su sueño más preciado: poder volar. Y aprovechó la oscuridad para perfeccionar sus sueños.
Cuando los tres capullos se abrieron, dejaron ver tres realidades iguales y distintas, a la vez…

Pesimista era una bellísima mariposa, pero…. estaba muerta… Había muerto de miedo.

Realista era una hermosísima mariposa, pero…. a pesar de ello, empezó a arrastrarse como cuando era gusano. Con satisfacción, dio las gracias al cielo por haber podido seguir igual.

Idealista, nada más ver la luz del día, buscó sus alas… y al verlas, su corazón rezumó alegría, emprendió el vuelo, y dio las gracias, repartiendo su dicha por todo el bosque.”

 

Gracias mamá, por enseñarme tantas cosas, y por impulsarme desde pequeña a ser una gusanita idealista. Hoy creo que cuando todo este malestar se pase, nuestro corazón rezumará (aun más) alegría y daremos gracias repartiendo nuestra dicha por el bosque.

¡Feliz fin de semana a todo el mundo!