Archivo de la categoría: Psicología y Cáncer

Un cuento.

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Recuerdo con una enorme claridad cuando yo era pequeña, debía tener unos 4 o 5 años, y estando ya acostada en la cama le pregunté a mi madre:
-Mamá, ¿Tu crees que alguna vez tendré un caballo con alas?
-Si lo deseas mucho, mucho, seguro que sí. – me respondió.

Nunca tendré palabras de agradecimiento suficientes para mi madre, por educarme en la responsabilidad, en la libertad, en la perseverancia y también y sobre todo en la creencia de que, con mucho amor, los sueños se cumplen si uno lo desea mucho, mucho.

Ella me regaló un libro hace unos años del que puede que hayas oído hablar. Se titula “Veintitrés maestros, de corazón. Un salto cuántico en la enseñanza”. Su autor es Carlos González Pérez, al que ella admira mucho, y con razón. Puedes comprar su libro, o descargarlo gratuitamente en su web, y seguir sus talleres y conferencias repletos de sabiduría en la misma.

En su libro, y en uno de sus vídeos relata un cuento maravilloso que aquí te transcribo:

“Érase una vez tres gusanos de seda que ignoraban su futuro como mariposas. Sus nombres eran: Pesimista, Realista e Idealista. Se les acercaba la hora de su transformación y empezaron a sentir los primeros síntomas….

Su voraz apetito fue desapareciendo, su movilidad menguaba a gran velocidad y, finalmente, sintieron como el capullo les aislaba del mundo conocido, de la seguridad de lo cotidiano. En la oscuridad del misterio de su futuro, tuvieron pensamientos distintos:

Pesimista se dijo a sí mismo que estaba viviendo el final de su vida, y en lo más profundo de su sentir, se despidió de los buenos momentos.
Realista se dio ánimos diciéndose que todo aquello sería momentáneo y que, tarde o temprano, todo volvería a la normalidad.
Idealista sintió que, aquello que le estaba ocurriendo, podría ser la oportunidad para que se cumpliese su sueño más preciado: poder volar. Y aprovechó la oscuridad para perfeccionar sus sueños.
Cuando los tres capullos se abrieron, dejaron ver tres realidades iguales y distintas, a la vez…

Pesimista era una bellísima mariposa, pero…. estaba muerta… Había muerto de miedo.

Realista era una hermosísima mariposa, pero…. a pesar de ello, empezó a arrastrarse como cuando era gusano. Con satisfacción, dio las gracias al cielo por haber podido seguir igual.

Idealista, nada más ver la luz del día, buscó sus alas… y al verlas, su corazón rezumó alegría, emprendió el vuelo, y dio las gracias, repartiendo su dicha por todo el bosque.”

 

Gracias mamá, por enseñarme tantas cosas, y por impulsarme desde pequeña a ser una gusanita idealista. Hoy creo que cuando todo este malestar se pase, nuestro corazón rezumará (aun más) alegría y daremos gracias repartiendo nuestra dicha por el bosque.

¡Feliz fin de semana a todo el mundo!

Expertos del Instituto Nacional del Cáncer estadounidense proponen eliminar la palabra “cáncer” de determinados diagnósticos con el fin de evitar el miedo.

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Con esta noticia de El País, que puedes leer íntegra aquí, desayuné hace unos días.

El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, recomienda redefinir la palabra “cáncer” como respuesta al incremento de sobrediagnósticos y sobretratamiento de los pacientes en el país. 

Las palabras “sobrediagnóstico” y “sobretratamiento” yo las leo subrayadas, aunque no lo estén en el texto original. No podría estar más de acuerdo en ese aspecto: sobrediagnóstico y sobretratamiento. El texto incide en el caso del carcinoma ductal de mama “un diagnóstico, que muchos doctores aceptan que no es cáncer”. Claro, que bendita la gracia le tiene que hacer a la mujer que, confiando en la oncología alopática, le hayan diagnosticado un carcinoma ductal de mama y se haya sometido a operación, quimioterapia y demás torturas para vencer un cáncer que ahora dicen que no es tal.

Yo por mi parte no me quito el run run de la cabeza de que el cáncer no es como nos lo han pintado. Quizá es que no quiera creer, sin más, en la asociación actual de cáncer y muerte, o de cáncer y sufrimiento, o de cáncer y enfermedad incurable que permanece en la sociedad presente porque me derrumbaría por completo… o quizá no quiera creerla poque una gran parte de mi me dice que no es cierta. Y cuanto más leo y estudio, más me convenzo de esto.

Otro aspecto que me resuena del artículo es el componente emocional, del que afortunadamente se hacen eco desde el Instituto Nacional del Cáncer: “Existe una gran diferencia entre la mentalidad de ahora y la de hace 20 años en la reacción que una persona tiene cuando se le detecta una célula cancerígena y el miedo a morir” dice Harold Varmus, ganador del Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1989.

Que esta entidad cobre conciencia del importantísimo papel que juega el miedo me parece un gran avance. ¿Acabarán por aceptar la N.M?

 

El mecanismo del miedo

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Cuando confirmaron “cáncer” mi madre y yo sentimos “miedo”. Ya lo conté en otro post…

 ¿Qué es el miedo?

El miedo es la reacción emocional a la amenaza, es la fuerza que motiva las conductas de defensa, es decir, esas conductas cuya función principal es proteger al organismo de un posible daño. Si un lobo nos enseña sus fauces, sentimos miedo. El miedo nos protege del peligro. ¿Cómo?

Reduciéndose nuestro volumen sanguíneo y temperatura periférica de nuestro cuerpo, por eso nos ponemos pálidos y decimos que nos hemos quedado “helados”

Se dilatan nuestras pupilas con el fin de focalizar nuestra atención en ese peligro potencial. También se incrementa nuestra frecuencia cardíaca, nuestra presión arterial, frecuencia de respiración, tensión muscular y conductancia de la piel con un claro propósito: correr más rápido de lo que correríamos sin esta emoción, es decir, con el fin de protegernos y evitar el ataque del lobo que tenemos delante, y aún más, con el de tener más fortaleza física en caso de enfrentarnos a él.

El miedo hace que movilicemos una gran cantidad de energía, de modo que nuestro organismo pueda ejecutar las conductas necesarias para protegernos.

El miedo activa también nuestra prudencia, hace que evitemos calles posiblemente peligrosas, que activemos nuestra atención antes de cruzar una carretera o que resolvamos situaciones conflictivas que se presentan de manera inminente.

Claro que, si la reacción resulta excesiva, la eficacia disminuye, ya que la relación entre activación y rendimiento, al igual que sucede con el estrés, mantiene forma de “U” invertida (Yerkes y Dodson, 1990) lo que hace que al sobrepasarse el nivel óptimo de activación se produzca un “bloqueo”. Es cuando decimos, “me quedé paralizado de miedo” Este miedo profundo viene acompañado por una actividad fisiológica inusual que implica hiperventilación, temblores, mareos y taquicardias, pensamientos catastróficos y una pérdida de control de la situación, es lo que conocemos comúnmente como un ataque de pánico.

Anatomía del miedo

Estamos diseñados para sentir miedo. Los llamados “miedos primarios básicos” nos han ayudado a llegar hasta aquí. La amígdala cerebral desempeña un papel clave en esta experiencia. En base a investigaciones en referencia a ésta, LeDoux y sus colaboradores elaboraron un mapa del sistema nervioso y el miedo condicionado (Armony et al. 1995; LeDoux, 1995)

amígdala cerebral

Si se sabe que la amígdala tiene una implicación importante en el miedo ¿Qué ocurre si esta se encuentra dañada o es inexistente? ¿Si “nos la cargamos” dejamos de sentir miedo? Pues parece que si…

Tras previos estudios experimentales en los que se descubrió que la lesión bilateral limitada a la amígdala tenía como consecuencia una insensibilidad general a los estímulos generadores de miedo (Aggleton, 1993) se llevó a la prescripcón de la amigdalectomía (destrucción quirúrgica de la amígdala) para el tratamiento psicoquirúrgico de la violencia humana, – aquí cada uno que se eche las manos a la cabeza como quiera –  no reduciéndose dicha violencia en todos los casos y si provocando un embotamiento general de la emoción.

Opiniones personales aparte, se demostró que la amigdalectomía provocaba diferentes efectos relacionados con la emoción, como la capacidad de reconocer las expresiones faciales humanas de miedo o en el condicionamiento del miedo. Al pequeño Albert, o a su madre, porque cuando él conoció a Watson solo tenía unos meses, seguro que le hubiera gustado saberlo.

Humor negro, sobre experimentos atroces a un lado; un aporte interesante fue el de Justin Feinstein, Antonio Damasio y colaboradores: describieron un caso en la revista Current Biology  sobre una mujer de 44 años que nació con la rara enfermedad de Urbach-Wiethe, la cual provocó la destrucción de su amígdala. S. M. experimenta la soledad o la tristeza, pero, a diferencia de los demás, no siente miedo.

Los investigadores habían comprobado que S.M experimentó los típicos miedos infantiles como el temor a la oscuridad y otros posteriores, todos previos a la edad de 20 años, edad en la que se aceleró la calcificación de su amígdala, y que una vez destruida la convirtió en una mujer sin miedo.

Una noche S.M, que tenía entonces 30 años, regresaba a su casa, situada en un barrio considerado “peligroso.” Un drogadicto que estaba sentado en un banco la gritó; yo hubiera acelerado el paso seguro, ella sin embargo, se acercó a él. El individuo le agarró  del brazo y la obligó a sentarse, colocó un cuchillo sobre su garganta y dijo: “¡Voy a rajarte, zorra!” S.M no sintió miedo. Finalmente, el hombre la dejó marchar y  en los días sucesivos ella no trazó otro camino de ruta, siguió pasando por el mismo lugar sin sentir un atisbo de temor.

Pensando el miedo.

Hasta aquí podría citar el poema de Carlos Bousoño que me encanta y dice así:

Toda emoción

sigue ordenadamente una pauta,

obedece a un dictado

interpreta concienzudamente la vida.

Siempre nos dice algo

sabroso y repentino

sobre la realidad que examina.

Tiene rigor de axioma,

pero no solo es eso,

deduce sin titubear,

no vacila como la claudicante razón,

menesterosa, torpe, indecisa.

 Yo siento que las emociones no se equivocan, y si lo hace la razón. Y el miedo inicial deja a veces paso a la ansiedad, o a la elaboración.

Si me preguntas “¿Qué me asustó tanto a mi?” Te responderé “Que mi madre muriera”

“Mamá, ¿Qué te da miedo?”

“El sufrimiento.”

Hace poco me dijo: “Tenía tanto miedo a sufrir, que no me importaba morirme”

“¿Cuál es tu experiencia con el cáncer para temer el sufrimiento?”  – Y añadí para mi – ”¿Y la mía para temer la muerte?”

Ambas respuestas se hallan ancladas en el pasado y en el futuro. Miedo a que el pasado ajeno (de personas a las que amamos) se repita en el futuro. El lobo enseñando sus fauces no está en el presente, en el aquí y el ahora, es por tanto un miedo baldío e infructuoso, porque es un miedo a algo que no está. Es un miedo enganchado a nuestro imaginario, a un futurible, a un condicional.

Los espíritus y fantasmas no son un peligro objetivo, sin embargo pueden causar pánico. ¿Te has preguntado alguna vez por qué el miedo es el protagonista de muchos programas y películas? El miedo en la razón sigue una estructura narrativa que los guionistas del cine de terror saben tan bien como nuestra mente y sus trampas. El cáncer es nuestro hombre del saco. Y nos fue fácil formularnos una historia con la vivencia de otros, ya no solo la de nuestros familiares, si no también la historia de otros que narran algunas estadísticas, también de personas que hablan de su pérdida en algunos foros.

Asociamos la palabra cáncer a dolor y sufrimiento  de manera automática porque el miedo es un facilitador de recuerdos dolorosos y porque es la historia que nos han contado. Sin embargo, no tiene por qué ser nuestra historia real.

Me ayuda mucho en este aspecto escuchar mi línea de pensamiento, cuando me cazo “catastrofista”, cambio la fantasía y construyo una historia donde mi madre sopla velas de cumpleaños, pinta en canas, se convierte en suegra y en abuela y un sin fin de bellezas más, también me acompaño de esas personas magníficas que me cogen de la mano y me dicen “Va bien, se está curando” Y lo que más, lo que más me sirve de todo cuando me cazo en ese miedo a un peligro que no está delante es mirar el presente, y en él tomar presencia.

Nadie que yo conozca tiene la capacidad de ver de manera clara el futuro. Y sin embargo, todas las personas que conozco, entre las que mi incluyo, y también las que no conozco, compartimos una capacidad común: Somos creadores de futuro. Y lo hacemos desde el presente.

Mi madre dice a menudo una frase que le transmitió una amiga: “Cada día tiene su afán”

Afrontemos pues el presente, con afán.

Gracias por leerme.

Fuentes:

  • Psicología General – Motivación y Emoción. Enrique G. Fernández – Abascal. Editorial Centro de Estudios Ramón Areces. 2000.
  • Biopsicología. – John P. J. Pinel University of British Columbia. Ed. Pretice Hall, 2001
  • Imagen de Asociación Educar.

Las emociones y el cáncer I

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Me licencié en Psicología en 2006. Años antes de empezar el primer curso, a mi tia, la hermana pequeña de mi madre, le diagnosticaron cáncer. Ha sido ahora cuando me he enterado de la gravedad del primer pronóstico. Durante aquellos años, ya me afané en entender los mecanismos de esta patología con la esperanza de encontrar una posible cura para ella. El acceso a información fue más difícil para mi entonces… Han pasado más de diez años.

En los manuales, en los libros, y también en mi vivencia, encontré una enorme correlación entre las emociones y el desarrollo del cáncer. Ahora, más de diez años después, esa relación, es para mi una evidencia.

¿Es el cáncer una enfermedad psicosomática?

A. Meyer (1866) elaboró y propagó la corriente psicobiológica de la psiquiatria, considerando al ser humano como una unidad indivisible. Esta concepción holística implica un sentido de “totalidad” y una inseparabilidad entre lo psíquico y lo somático. Así, el cuerpo y la mente, que están intimamente realacionadas, actúan la una sobre la otra y la enfermedad habría que considerarla siempre como fruto de esta interacción.

La concepción psicógena del término psicosomático, implica un concepto de naturaleza etiológica, según el cual los factores psicológicos juegan un papel esencial en la causación de la enfermedad. La relevancia de las emociones como causa de enfermedad, ya fue sugerida por Hipócrates y Galeno (revisión histórica de Lipowiski, 1984, 1986 y Wolman,1988)

S. Freud, F. Alexander, W.B. Cannon, H. Seyle e I.P. Pavlov, asumieron desde sus teorías, tan distales entre unos y otros, el concepto de psicosomático y los principios esenciales de la medicina psicosomática.

Las primeras referencias que vincularon los factores psicológicos con el cáncer aparecieron en el s. XIX, cuando Snow (1893, citado por Cooper, 1988) observó que en un total de 250 historias clínicas de pacientes con cáncer, que había analizado en el Hospital de Londres, en 156 casos, había precedentes de problemas afectivos, relacionados específicamente con pérdidas, en la aparición del trastorno.

Ya a comienzos del s. XX, en el libro de Evans “sobre un estudio psicológico del cáncer” (1926, citado por Cooper, 1988) se vuelve a señalar que una de las causas principales de esta enfermedad podría ser la pérdida de un motivo de amor o de una relación emocional importante (uno puede tener amor por una persona, un animal, su trabajo, una situación concreta y un largo etc). Desde entonces y hasta la fecha muchísimos autores (Cooper, 1988; Eysenck, 1987; Holland, 1990; LeShan, 1959; Levenson y Bemis, 1991; Levy y Heiden, 1990; Stoll, 1986; Cox y Mackay; 1982, Temoshok yHeller 1984; Hu y Silberfard, 1988; Martinez y Barreto, 1990, solo por mencionar algunos)  han llevado a cabo revisiones teóricas al respecto que han permitido corroborar la implicación de los factores emocionales y/o psicológicos en el cáncer.

Personalidad y cáncer

Encontré investigaciones que abordaban la propensión a desarrollar algunos tipos de cáncer en asociación con diferentes rasgos de personalidad (Contrada, Leventhal y O’Leary, 1990; Green y Shellenberg, 1991; Ibañez, Romero y Andreu, 1992)

Los trabajos de Bacon, Renneker y Cutler , 1952 y de Blumberg, West y Ellis (1954) proponen como características predictivas del cáncer de mama una dificultad emocional para descargar la agresividad, frustración o ira, entre otras características; mientras que en los trabajos de Schmale e Iker, 1964; Bahnson y Bahnson, 1966 y, sobre todo los del grupo de Leshan y col. (Leshan y Worthington, 1955; Leshan, 1959; Leshan 1966), además de volver a poner énfasis en la dificultad de expresión de las emociones negativas, apuntaron la ausencia de elaboración de pérdidas o separaciones de seres queridos y la presencia de sentimientos de desamparo, desesperanza, indefensión  y de depresión (apoyado por Carver et al., 1994)

Grossarth-Matticek, Bastians y Kanazir informaron de un estudio prospectivo realizado en Yugoslavia en 1985, en el que se tomaron medidas de variables psicosociales a 965 hombres y 388 mujeres, que fueron seleccionados por su mayor riesgo de contraer enfermedades debido a su edad o a puntuaciones altas en medidas de indefension crónica o ira. Se evaluó a los participantes en distntas variables psicosociales en 1965 y 1976. Se valoró su estado de salud, con el objetivo de comprobar si éste se podía predecir a través de variables psicosociales. En 1976 habían muerto 166 personas de cáncer, de las cuales 158 puntuaron muy alto (10 y 11 en una escala de 11) en la escala racionalidad/antiemocionalidad. La dimensionalidad racionalidad/antiemocionalidad se refiere a una tendencia a la falta de expresión y negación de emociones y a tratar de responder ante todos los acontecimientos de forma puramente racional.

Temoshok y Dreher crearon en 1992 un constructo, la Personalidad Tipo C, que caracterizaba a la persona propensa al cáncer como tendente a negar o evitar las emociones, a la falta de expresión emocional en especial de emociones negativas (ira, agresividad, hostilidad, cólera, etc), inasertividad, cooperatividad y aceptación de la autoridad externa.

Estrés y cáncer

También hallé estudios sobre la influiencia del estrés y el inicio o curso del cáncer:

En la actualidad, los efectos negativos del estrés en la activación y desarrollo de los procesos cancerígenos resulta, a mi criterio, indiscutible.

Estudios con animales han demostrado que el estrés puede acelerar el comienzo del cáncer de origen viral. Sklar y Anisman (1981) señalaron que mientras un estresor agudo tiene efectos inmunosupresivos y se asocia con el desarrollo del cáncer, el estresor crónico inhibiría características opuestas e induciría a efectos inoculativos.

Las respuestas de estrés incluyen cambios en el sistema autonómico, endocrino e inmunológico. En concreto, la activación del eje hipofisario – corticoadrenal (Eje III) (Labrador, Crespo, Cruzado y Vallejo, 1996) se acompaña de liberación de cortisol y glucocorticoides, así como de opiáceos endógenos que inhiben las respuestas inmunológicas. Así, se ha constatado que los acontecimientos estresantes tales como el desempleo (Arnetz et. al., 1987), pérdidas familiares (Irwin, Daniels, Bloom, Smith y Weiner, 1987), carencia de apoyo social y depresión (Levy et al., 1985) o el propio diagnóstico de cáncer ginecológico (Andersen et al., 1994), producen déficit inmunológico que incluye la disminución de la actividad de las células letales. Contrada et al. (1990) expone un modelo explicativo de la relación entre estrés, personalidad, y respuesta inmunológica del cáncer.

La posible relación entre estrés y cáncer se ha llevado a cabo en humanos, analizando la incidencia de los acontecimientos vitales estresantes ocurridos en pacientes con cáncer en orden a compararlos con aquellas personas que no padecen cáncer. De forma específica, los autores coinciden en apuntar que la categoría de sucesos vitales relativa a pérdidas emocionales, incluyendo la muerte de amigos y familiares y el desempleo, suelen ser las más relevantes para predecir el trastorno en niños y adultos (Chorot y Sandín, 1994; Horne y Picard, 1979; Jacobs y Charles, 1980; Leshan, 1959)

Según estudios de Ramírez et. al (1989) algunos acontecimientos adversos, particularmente el divorcio, y la muerte de un ser querido ocurrido durante el posoperatorio de una intervención quirúrgica de cáncer de mama, provocaron un rebrote del tumor.

¿Y si pusiéramos a un psicólogo a trabajar con un oncólogo?

Esa era la pregunta que me venía a la cabeza sin cesar por aquel entonces, en mis primeros años de carrera, mientras vivía aquella experiencia tan de cerca con mi tía. Existen psico-oncólogos en centros de cuidados paliativos, y de modo externalizado a los hospitales en asociaciones como la AECC.

Si las investigaciones parecían arrojar una luz tan clara respecto a la vinculación de las emociones y el cáncer, no alcanzaba a comprender como no se trabajaba de un modo integral u holístico. Claro, que como ya hablé en otra entrada, tampoco hay una persona que asesore sobre una nutrición correcta al paciente oncológico, ni sobre tantas otras cosas…

Dentro de la clínica empleada por los psicólogos de dichas asociaciones, el trabajo se focaliza en una reducción del estrés y la ansiedad y/o de la depresión que puede sufrir cada paciente. No se cómo funcionan ahora, por aquel estonces, cuando fuí, sentí que estaban desbordados.

Pensé, en aquellos años, que sería muy útil que cada paciente tuviera un espacio en el que trabajar sus emociones, no sólo las provocadas por el diagnóstico, sino aquellas presentes y no expresadas a lo largo de los años anteriores a éste. Si gran parte de los estudios parecen confirmar una relación entre represión de emociones y cáncer, ¿Qué pasa si ayudamos a esas personas a exteriorizarlas? Si previo al diagnóstico les ocurrió un hecho doloroso ¿qué pasaría si trabajaran sobre él? ¿Qué ocurriría si utilizamos las herramientas de la psicoterapia no solo como una ayuda para abordar el diagnóstico si no como un camino para TRATAR la enfermedad? Se lo planteé a un catedrático, de aquellos con los que disfrutaba en sus clases con pasión. “Te quedan unos cuantos años de carrera, cuando la acabes búscame y estúdialo, estaré encantado de dirigirte la Tesis” Acabé la carrera y no hice aquella tesis, quien sabe si quizá algun día me anime, entre tanto, he seguido buscando e investigando en textos y trabajos ajenos, durante años de manera pausada, desde el diagnóstico de mi madre de forma intensa.

Mi madre y yo hablamos mucho ahora sobre cosas que ocurrieron tiempo atrás; otras veces no hablamos, nos quedamos juntas en silencio y nos abrazamos y ella llora, o lloramos las dos, otras ríe, otras expresa lo que antes no expresó. Y aquí está, “sacando pa’ fuera” como dice ella, y razón fundamental por la que el blog se llama así, creando su propia revolución o re – evolución emocional.

Continuaré con este tema, el de las emociones y el cáncer, muy pronto. Gracias por leerme y por compartir algo tan vital para mi. Ojalá a ti también te sirva.

Fuentes:

  • Intervención Psicológica en trastornos de la salud. – Jose María Buceta, Ana María Bueno, Blanca Más (eds. – Dykinson, 2000)
  • Manual de Psicopatología. – Amparo Belloch, Bonifacio Sandín, Francisco Ramos (Ed. McGraw-Hill, 2003)
  • Psicología oncológica – R. Bayés (Ed. Martínez Roca, 1985)
  • Personality, life, stress and cancerous disease.  – C.L Cooper  (En S. Fisher y J. reason (Eds.), 1988)
  • Expresión emocional y personalidad Tipo C. Diferencias entre mujeres con patología mamaria maligna, benigna y normales. –  Julia Sebastian Herranz, Nuria Mateos de la Calle y Mª Jose Bueno Casas.
    Dpto. de Psicología Biológica y de la Salud. Facultad de Psicología Universidad Autónoma de Madrid.

Convertir la mierda en abono.

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Recuerdo a mi madre de pie en la habitación de hospital tratando de ir al baño.

-“Mira, tengo un dolor aquí” – me decía agarrándose un costado – “que me dan ganas de salir corriendo como en las películas del Oeste cuando les pegan un tiro y se van arrastrando con las manos puestas en un lado”

Yo me imaginaba a las dos saliendo por la puerta del hospital huyendo del diagnóstico en postura de película. Salir corriendo y dejar un cáncer atrás, así como a un médico atónito con informe en mano, en lugar de un revólver.

Paseaba al baño sin éxito: “Hija, nada, que no cago” Y así durante más de una semana en la que las enfermeras le administraban un sin fin de medicamentos de esos que ayudan, supuestamente “a evacuar” Pero ni supositorios, ni pastillas, ni jarabes, ni frutas con fibra, ni nada de nadaEl día del diagnóstico definitivo, en esa habitación, en cuanto la médico salió por la puerta, nos abrazamos las dos y lloramos durante muy pocos minutos. Fueron pocos porque mi madre se separó de mis brazos y me dijo muy seria: “Me cago” y fue corriendo al baño. “Mamá: te cagas de miedo, literalmente” Y ese momento fue una fiesta de risas nerviosas, lágrimas, y mierda.

Ella se cagaba, literalmente, de miedo y yo farfullaba esas frases tan propias del argot español: “Me cago en la puta” “Me cago en la hostia” “Me cago en todo” Y las dos pensábamos: “Menuda mierda: cáncer”

Es una mierda, si. Y ya sabes, que la mierda se puede convertir en abono que fertilice y promueva la vida, aunque no deje de ser mierda. Si el estiércol puede mejorar la calidad del sustrato, quizá esta noticia pueda mejorar la calidad de nuestro tiempo y puede que de nuestra vida, sea cuanta sea la que nos quede.

Esto tiene que ver con la  resiliencia. ¿Y eso qué mierda es? De entre unas cuantas definiciones me gusta particularmente esta:

La resiliencia es la capacidad que posee un individuo frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones, que permiten avanzar en contra de la corriente y superarlas.  (E. Chávez y E. Yturralde, 2006)

Y esta:

Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformados por ellas. (Grotberg, 1995)

Puedes leer más en esta otra entrada de wikipedia. En internet puedes encontrar artículos y también existe una extensa bibliografía al respecto.

Tú, mi madre, yo, gozamos de esa capacidad en mayor o menor medida. Está dentro de nosotras y está dentro de tí. Piensa en cada momento de adversidad en tu vida y cómo lo has superado.

En mi trabajo me maravillo cada día ante personas y su capacidad de superación. A veces, en mis sesiones, utilizo un ejercicio sencillo que todos podemos hacer cuando nos apetezca: Consiste en escribir una lista de logros que has llevado a cabo en tu vida. Yo animo a escribir logros grandes y pequeños y cuánto más concretos mejor. Desde el logro de aprender a cocinar unas lentejas o un paso de baile, a resolver un conflicto o superar un bache específico. Animo a dejar esa lista a mano de manera indefinida e ir añadinedo cosas siempre que queramos, y también a leerla de vez en cuando. Poner la mirada en nuestros logros puede ser un modo de poner atención a nuestra capacidad de resiliencia.

Hace cuatro meses, en el salón de mi casa mi madre y yo hablábamos de la aletoriedad de la enfermedad y el dolor, “Hay familias a las que parece que nunca les pasa nada malo y nosotros menuda racha llevamos -el cáncer y fallecimiento de mis dos tías, la muerte súbita de mi padre, la de mi yaya, la de mi abuelo, el alzheimer de mi yayo y de mi abuela..-” Y así, seguimos enumerando una lista de penas durante un rato.

Mi amigo Dani me decía por teléfono “Con la racha que llevas, ahora solo pueden venirte cosas buenas”

Quisiéramos que existiera un equilibrio entre los fortunios e infortunios, o al menos compensaciones o recompensas que estabilizaran un poco la balanza. Puede que este modo de pensar tenga que ver con la sociedad judeo-cristiana en la que nos hemos educado, y también, que lo hayamos hecho a base de castigos y recompensas. Pero lo cierto es que en esta lotería, que me toque pasarlo mal hoy, no significa que me vaya a caer un premio del cielo mañana. Al menos yo no lo creo.

Lo que si creo es que cada calamidad pasada me ha aportado un tesoro de herramientas. Soy quien soy gracias a cada evento hermoso de mi vida, y también a cada uno fatídico. Quizá sin todos ellos hoy sería más difícil convertir la mierda en abono para nuestra vida.