13 y martes

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Recuerdo el sol de invierno entrando por la ventana, recuerdo la cama deshecha en mi habitación y la voz de mi madre pendiendo de un hilo. “Hija, no te asustes, estamos en urgencias porque me duele un costado y me cuesta un poco respirar. Yo creo que es una contractura fuerte, asi que no te preocupes”

Ese martes 13 mi madre y yo estábamos separadas por 250 km y una agenda apretada. Tuve un presentimiento fatal, pero la falta de costumbre a la hora de seguir intuiciones y presentimientos me hizo aferrarme a mi pensamiento lineal. Durante un buen rato mi mente parecía sufrir un cortocircuito extraño huyendo de aquella mala sensación “Tengo que ir a trabajar, seguro que no es nada. Tengo que ir a trabajar. Seguro que no es nada”

La primera prueba, una radiografía, reveló un derrame pleural. Anulé todas las obligaciones de ese día y el siguiente, metí tres cosas en una mochila y compré un billete de tren. “El tren es más rápido. En tres horas estaré allí”

El tren se estropeó a los treinta minutos de trayecto. Tardé ocho horas en llegar. Ocho horas eternas paliadas con la voz de mis amigos al otro lado del teléfono. Gracias. La gente en el tren se amotinaba reclamando el dinero del billete mientras hervía en quejas. Y a mi empezaron a rebosame las lágrimas a borbotones delante del revisor. “No te preocupes, te devolverán el dinero” me dijo el hombre. “El dinero me da igual, sólo quiero ver a mi madre” musité yo. Creo que ni me entendió.

La encontré pálida e inmóvil en aquella cama de hospital. Mi madre es de esa clase de personas que nunca se enferma. Apenas un catarro de vez en cuando. Aún así el dolor que pudo suponer verla de aquel modo se vió contrarrestado con la tranquilidad de tenerla enfrente. “Mamá, estoy aqui. Calma, todo va a ir bien” Y sus ojos acuosos llenos de terror escarbaban en los míos.

Se sucedieron tres días de pesadilla. Después de que algunas pruebas apuntaran a lo peor, decidí trasladarla a Madrid. La decisión se tornó clara cuando decidieron punzarla el pulmón. Le hicieron dos punciones sin éxito porque no alcanzaban el líquido.

“Le haremos una ecografía para buscarlo” Sentenció la médico. “¿Y por qué no le habéis hecho la ecografía antes de someterla a ese dolor?” Su respuesta aún me congela la nuca: “Para optimizar costes”

“Para optimizar costes” Lo suelta así y se queda tan ancha. Ahora me vienen a la cabeza un sin fin de improperios, en ese momento solo pensé “Me la llevo a Madrid como sea”

Realizar el traslado a través de la sanidad pública fue una misión imposible. “No hay camas libres en vuestro hospital de origen” me decía la médico, “por eso no podemos hacer el traslado de momento… Estas cosas suelen tardar de 10  a 20 días” Una enfermera se acercó a mi y me dijo por lo bajito “Si quieres trasladarla, tendrás que hacerlo de otro modo. La Seguridad Social no hace traslados interprovinciales”

Me salía humo de la oreja hablando con unos y otros tratando de conseguir una ambulancia. Era como chocarme contra un muro a cada rato. Y a cada rato el diágnóstico y el pronóstico se tornaba más trágico.

¿Crees que hay personas con un placer especial por infundir miedo? “Se puede morir en el camino en ambulancia” me decía la médico con aire soberbio. Mencionaba tanto la palabra peligro y la palabra muerte que llamé a su despacho, entré, me senté, la miré durante un momento y le dije “No se si lo estoy infiriendo yo, o parece que quisieras transmitirme que me mi madre se muere. ¿Le quedan horas, o días?” “Eso no se puede saber, pero desde luego está fea la cosa” me dijo tan tranquila. Después de aquello me la encontré por uno de los pasillos, me tocó el brazo de manera casi maternal y me dijo “Tienes que llorar, no te estás desahogando y no puedes posponerlo más”

Es verdad que no lloré. No podía. Estaba demasiado ocupada en resolver aquella situación de una manera práctica. Tampoco quería generar más alarma de la que había. Ni si quiera le habían hecho un TAC que confirmara el posible diagnóstico y yo me aferraba a la posibilidad de un equívoco. Además tampoco tenía los brazos de mis amigos y mi familia para arroparme en mi llanto.

El día 16 estábamos montadas en la ambulancia -privada, claro- con una enfermera “por si mi madre tenía un paro cardiáco” tal y como pronosticaba la médico. La enfermera y mi madre durmieron todo el trayecto de manera plácida.

En los tres días consecutivos en el hospital en Madrid  mi madre volvió a comer, a poder hablar, respirar y moverese. El dolor remitió de manera espontánea. No hay una explicación médica para eso. Yo creo que si que la hay en otro ámbito: Al llegar a Madrid estaba “en casa.” Segura, protegida, y también mimada por un equipo médico admirable, que finalmente emitió el diagnóstico fatal: Cáncer. Tumor primario de  10 cm x 8 en el pulmón con mestástasis en hígado y otros lugares del cuerpo de los que yo no había oído hablar hasta entonces.

Ese fue el inicio de nuestra revolución. La de mi madre, y la de todos los que la amamos profundamente.

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