Archivos Mensuales: marzo 2013

Convertir la mierda en abono.

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Recuerdo a mi madre de pie en la habitación de hospital tratando de ir al baño.

-“Mira, tengo un dolor aquí” – me decía agarrándose un costado – “que me dan ganas de salir corriendo como en las películas del Oeste cuando les pegan un tiro y se van arrastrando con las manos puestas en un lado”

Yo me imaginaba a las dos saliendo por la puerta del hospital huyendo del diagnóstico en postura de película. Salir corriendo y dejar un cáncer atrás, así como a un médico atónito con informe en mano, en lugar de un revólver.

Paseaba al baño sin éxito: “Hija, nada, que no cago” Y así durante más de una semana en la que las enfermeras le administraban un sin fin de medicamentos de esos que ayudan, supuestamente “a evacuar” Pero ni supositorios, ni pastillas, ni jarabes, ni frutas con fibra, ni nada de nadaEl día del diagnóstico definitivo, en esa habitación, en cuanto la médico salió por la puerta, nos abrazamos las dos y lloramos durante muy pocos minutos. Fueron pocos porque mi madre se separó de mis brazos y me dijo muy seria: “Me cago” y fue corriendo al baño. “Mamá: te cagas de miedo, literalmente” Y ese momento fue una fiesta de risas nerviosas, lágrimas, y mierda.

Ella se cagaba, literalmente, de miedo y yo farfullaba esas frases tan propias del argot español: “Me cago en la puta” “Me cago en la hostia” “Me cago en todo” Y las dos pensábamos: “Menuda mierda: cáncer”

Es una mierda, si. Y ya sabes, que la mierda se puede convertir en abono que fertilice y promueva la vida, aunque no deje de ser mierda. Si el estiércol puede mejorar la calidad del sustrato, quizá esta noticia pueda mejorar la calidad de nuestro tiempo y puede que de nuestra vida, sea cuanta sea la que nos quede.

Esto tiene que ver con la  resiliencia. ¿Y eso qué mierda es? De entre unas cuantas definiciones me gusta particularmente esta:

La resiliencia es la capacidad que posee un individuo frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones, que permiten avanzar en contra de la corriente y superarlas.  (E. Chávez y E. Yturralde, 2006)

Y esta:

Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformados por ellas. (Grotberg, 1995)

Puedes leer más en esta otra entrada de wikipedia. En internet puedes encontrar artículos y también existe una extensa bibliografía al respecto.

Tú, mi madre, yo, gozamos de esa capacidad en mayor o menor medida. Está dentro de nosotras y está dentro de tí. Piensa en cada momento de adversidad en tu vida y cómo lo has superado.

En mi trabajo me maravillo cada día ante personas y su capacidad de superación. A veces, en mis sesiones, utilizo un ejercicio sencillo que todos podemos hacer cuando nos apetezca: Consiste en escribir una lista de logros que has llevado a cabo en tu vida. Yo animo a escribir logros grandes y pequeños y cuánto más concretos mejor. Desde el logro de aprender a cocinar unas lentejas o un paso de baile, a resolver un conflicto o superar un bache específico. Animo a dejar esa lista a mano de manera indefinida e ir añadinedo cosas siempre que queramos, y también a leerla de vez en cuando. Poner la mirada en nuestros logros puede ser un modo de poner atención a nuestra capacidad de resiliencia.

Hace cuatro meses, en el salón de mi casa mi madre y yo hablábamos de la aletoriedad de la enfermedad y el dolor, “Hay familias a las que parece que nunca les pasa nada malo y nosotros menuda racha llevamos -el cáncer y fallecimiento de mis dos tías, la muerte súbita de mi padre, la de mi yaya, la de mi abuelo, el alzheimer de mi yayo y de mi abuela..-” Y así, seguimos enumerando una lista de penas durante un rato.

Mi amigo Dani me decía por teléfono “Con la racha que llevas, ahora solo pueden venirte cosas buenas”

Quisiéramos que existiera un equilibrio entre los fortunios e infortunios, o al menos compensaciones o recompensas que estabilizaran un poco la balanza. Puede que este modo de pensar tenga que ver con la sociedad judeo-cristiana en la que nos hemos educado, y también, que lo hayamos hecho a base de castigos y recompensas. Pero lo cierto es que en esta lotería, que me toque pasarlo mal hoy, no significa que me vaya a caer un premio del cielo mañana. Al menos yo no lo creo.

Lo que si creo es que cada calamidad pasada me ha aportado un tesoro de herramientas. Soy quien soy gracias a cada evento hermoso de mi vida, y también a cada uno fatídico. Quizá sin todos ellos hoy sería más difícil convertir la mierda en abono para nuestra vida.

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Alberto Martí Bosch y su visión esperanzadora sobre el cáncer.

Vídeo

Una de las primeras dosis de esperanza que encontré vino en forma de conferencia en youtube y en boca del Dr. Alberto Martí Bosch. Tras dedicarse durante muchos años a la oncología pediátrica abandonó la práctica hospitalaria para tratar el cáncer de una manera holística, integrando así los aspectos psicológicos, emocionales y físicos en su abordaje.

En el vídeo plantea pautas claras y fáciles que podemos llevar a cabo -nosotras así lo hacemos desde entonces – y relata una historia conmovedora y repleta de esperanza en la última parte de la conferencia.

Alberto Martí Bosch pasa consulta privada en Madrid y Navarra. En ambas provincias, así como en el resto del territorio español hay muchos médicos que afortunadamente trabajan en la misma línea.  

Cáncer: Una revolución.

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Revolución es el cambio inmediato o transformación radical y profunda respecto al pasado. El diagnóstico de cáncer marcó un antes y un después en nuestras vidas a todos los niveles, y me atrevería a decir que no puede ser de otro modo en cada caso que se diagnostica.

Revolución es un cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

Mi madre entró en un hospital pensando que tenía una contractura y salió de otro etiquetada con la palabra cáncer. Cambiamos nuestros hábitos, nuestra cotidianeidad, y también cambiamos nuestro modo de estar en el mundo.

Tras el alta hospitalaria vinieron días de sensación de “muertas en vida”. Es lo que se define como “primer impacto”

 “Somos unas zombies, mamá” Nos encerramos en casa, juntas, con nuestra pena, nuestra incertidumbre y nuestro miedo. No teníamos ganas de hablar con nadie y entre nosotras no parábamos de hablar de lo que estaba pasando. Del por qué, del para qué y de todas esas esas preguntas sin respuesta concreta ni por supuesto justa.

Con un patrón del sueño distinto y con una actividad diametralmente opuesta, yo dedicaba una media de ocho horas al día a recabar información en internet. Dejé temporalmente el trabajo y demás actividades que antes habían ocupado mi vida y me convertí de profesión en cuidadora y buscadora de esperanza.

Encontrar optimismo asociado al cáncer en internet es algo así como buscar una aguja en un pajar. Si un comercial tiene como objetivo llegar a un márgen de ventas al día, el mío se convirtió en no descansar cada jornada hasta encontrar una ventana luminosa, una historia positiva o una señal en el camino que acababamos de iniciar. Fue entonces cuando pensé en abrir un blog en el que ordenar ese positivismo encontrado diariamente con esfuerzo. Un blog que sirviera también a más personas.

Mi madre se convirtió de profesión en superviviente. Afrontar un cáncer requiere de una dedicación absoluta a la vida, al tratamiento, al autocuidado y en definitiva a uno mismo.

Los días que no encontraba “las pastillitas de esperanza” entre libros e internet, las encontré con ella en nuestras conversaciones vitalistas. Bendito sentido del humor de ambas, hasta para los peores momentos. Ojalá desde aqui también os pueda trasladar ese ánimo.

La palabra revolución también define un giro o vuelta que da una pieza sobre su eje. Así exactamente me sentí yo aquel mes de noviembre y en los subsiguientes: como si todo mi ser hubiera dado una vuelta sobre su eje. Yo no me sentía yo, me sentía otra persona aún desconocida para mi, con una avalancha de emociones y planteamientos vitales nuevos.

Han pasado cuatro meses del inicio de la revolución, y me vienen a la mente, no sin cierta sorna, esos versos de Neruda que rezan “Nosotras, las de entonces, ya no somos las mismas”

13 y martes

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Recuerdo el sol de invierno entrando por la ventana, recuerdo la cama deshecha en mi habitación y la voz de mi madre pendiendo de un hilo. “Hija, no te asustes, estamos en urgencias porque me duele un costado y me cuesta un poco respirar. Yo creo que es una contractura fuerte, asi que no te preocupes”

Ese martes 13 mi madre y yo estábamos separadas por 250 km y una agenda apretada. Tuve un presentimiento fatal, pero la falta de costumbre a la hora de seguir intuiciones y presentimientos me hizo aferrarme a mi pensamiento lineal. Durante un buen rato mi mente parecía sufrir un cortocircuito extraño huyendo de aquella mala sensación “Tengo que ir a trabajar, seguro que no es nada. Tengo que ir a trabajar. Seguro que no es nada”

La primera prueba, una radiografía, reveló un derrame pleural. Anulé todas las obligaciones de ese día y el siguiente, metí tres cosas en una mochila y compré un billete de tren. “El tren es más rápido. En tres horas estaré allí”

El tren se estropeó a los treinta minutos de trayecto. Tardé ocho horas en llegar. Ocho horas eternas paliadas con la voz de mis amigos al otro lado del teléfono. Gracias. La gente en el tren se amotinaba reclamando el dinero del billete mientras hervía en quejas. Y a mi empezaron a rebosame las lágrimas a borbotones delante del revisor. “No te preocupes, te devolverán el dinero” me dijo el hombre. “El dinero me da igual, sólo quiero ver a mi madre” musité yo. Creo que ni me entendió.

La encontré pálida e inmóvil en aquella cama de hospital. Mi madre es de esa clase de personas que nunca se enferma. Apenas un catarro de vez en cuando. Aún así el dolor que pudo suponer verla de aquel modo se vió contrarrestado con la tranquilidad de tenerla enfrente. “Mamá, estoy aqui. Calma, todo va a ir bien” Y sus ojos acuosos llenos de terror escarbaban en los míos.

Se sucedieron tres días de pesadilla. Después de que algunas pruebas apuntaran a lo peor, decidí trasladarla a Madrid. La decisión se tornó clara cuando decidieron punzarla el pulmón. Le hicieron dos punciones sin éxito porque no alcanzaban el líquido.

“Le haremos una ecografía para buscarlo” Sentenció la médico. “¿Y por qué no le habéis hecho la ecografía antes de someterla a ese dolor?” Su respuesta aún me congela la nuca: “Para optimizar costes”

“Para optimizar costes” Lo suelta así y se queda tan ancha. Ahora me vienen a la cabeza un sin fin de improperios, en ese momento solo pensé “Me la llevo a Madrid como sea”

Realizar el traslado a través de la sanidad pública fue una misión imposible. “No hay camas libres en vuestro hospital de origen” me decía la médico, “por eso no podemos hacer el traslado de momento… Estas cosas suelen tardar de 10  a 20 días” Una enfermera se acercó a mi y me dijo por lo bajito “Si quieres trasladarla, tendrás que hacerlo de otro modo. La Seguridad Social no hace traslados interprovinciales”

Me salía humo de la oreja hablando con unos y otros tratando de conseguir una ambulancia. Era como chocarme contra un muro a cada rato. Y a cada rato el diágnóstico y el pronóstico se tornaba más trágico.

¿Crees que hay personas con un placer especial por infundir miedo? “Se puede morir en el camino en ambulancia” me decía la médico con aire soberbio. Mencionaba tanto la palabra peligro y la palabra muerte que llamé a su despacho, entré, me senté, la miré durante un momento y le dije “No se si lo estoy infiriendo yo, o parece que quisieras transmitirme que me mi madre se muere. ¿Le quedan horas, o días?” “Eso no se puede saber, pero desde luego está fea la cosa” me dijo tan tranquila. Después de aquello me la encontré por uno de los pasillos, me tocó el brazo de manera casi maternal y me dijo “Tienes que llorar, no te estás desahogando y no puedes posponerlo más”

Es verdad que no lloré. No podía. Estaba demasiado ocupada en resolver aquella situación de una manera práctica. Tampoco quería generar más alarma de la que había. Ni si quiera le habían hecho un TAC que confirmara el posible diagnóstico y yo me aferraba a la posibilidad de un equívoco. Además tampoco tenía los brazos de mis amigos y mi familia para arroparme en mi llanto.

El día 16 estábamos montadas en la ambulancia -privada, claro- con una enfermera “por si mi madre tenía un paro cardiáco” tal y como pronosticaba la médico. La enfermera y mi madre durmieron todo el trayecto de manera plácida.

En los tres días consecutivos en el hospital en Madrid  mi madre volvió a comer, a poder hablar, respirar y moverese. El dolor remitió de manera espontánea. No hay una explicación médica para eso. Yo creo que si que la hay en otro ámbito: Al llegar a Madrid estaba “en casa.” Segura, protegida, y también mimada por un equipo médico admirable, que finalmente emitió el diagnóstico fatal: Cáncer. Tumor primario de  10 cm x 8 en el pulmón con mestástasis en hígado y otros lugares del cuerpo de los que yo no había oído hablar hasta entonces.

Ese fue el inicio de nuestra revolución. La de mi madre, y la de todos los que la amamos profundamente.